La resistencia espiritual y religiosa entre los esclavos yoruba y congo en América

La resistencia espiritual y religiosa entre los esclavos yoruba y congo en América

Entrada escrita por Diken Mayora, especialista en religiosidad afrodescendiente. Asociación Proyecto Bambata Herencia Africana

Dentro del amplio abanico de poblaciones afrodescendientes que pueblan las dos Américas, merecen una especial atención a los pueblos de origen yoruba y congo. Ambos lograron mantener pese a las circunstancias adversas su cosmovisión y expresión religiosa: los lucumi en el primer caso y los Quimbanda, Mayombe, Regla Kimbisa y Lumbalu en el segundo. En este artículo, Mayora nos revela el interesante desarrollo que siguieron en el nuevo continente.

 

De los yoruba a los lucumi

Estatua del orishá Eshu, Oyo, Nigeria, 1920.

Los yorubas son actualmente el grupo étnico predominante en el sudeste de Nigeria, en la regiones de Lagos, Ekiti, Ondo, Osogbo y Esun, entre otras. Su fecunda cultura se extendió además entre las etnias vecinas, llegando hasta los actuales Estados de Benin y Togo.

Los exploradores europeos que se adentraron a lo largo de los siglos por su territorio reseñaron con admiración sus notables logros artísticos y culturales, junto con la complejidad de su organización social y política. Su capital espiritual y religiosa era la ciudad de Ife, de donde procedía su líder deificado Oduduwa, a quien se le atribuye la creación del Cosmos.

Hoy en día es en Cuba y en Brasil en donde reside el mayor número de descendientes de la etnia lucumi, nombre dado a los esclavizados de origen yoruba. Sin embargo, también se hallan presentes en Trinidad y Tobago, Guadalupe y en la región de  Tierra Firme de Venezuela, así como en Colombia y Ecuador.

En todos estos lugares la huella cultural yoruba se revela a través de distintas expresiones lingüísticas, hábitos gastronómicos, danzas, prácticas espirituales y producciones artesanales.

En ellas se expresa todavía, con mayor o menor nitidez, la cosmología de este pueblo, basada en un complejo sistema de creencias filosóficas espirituales, conocido como Ifa, que toma su nombre de la ya mencionada ciudad de Ife, y que se plasma, entre otras cosas, en un rico acerbo de prácticas adivinatorias

 

De aquí nace el culto a los orisha y, a partir de allí, diversos sistemas como el Sango, el Candoblé y el Umbanda brasileño, una religión sincrética más moderna, en la que se entremezclan las infuencias africanas con el espiritismo llegado desde Europa.

 

Los  congo y su culto al dios Nzambi Empungo

La antigua cultura congo tenía su núcleo en la desembocadura del río Congo, extendiéndose por diversas regiones de los Estados actuales de Angola, Gabón, República del Congo y República Democrática del Congo. Allí se conformó durante la Baja Edad Media el Reino de Congo o Kongo dianto tela, probablemente la más sólida construcción estatal de los pueblos bantúes. Sometido desde el siglo XV al poder colonial portugués, quedó reducido a la condición de protectorado en 1891, para ser luego definitivamente abolido en 1914.

Al igual que los yoruba, los congos fueron masivamente “exportados” a las Américas. Pero también como los yoruba lograron preservar bajo las duras condiciones de la esclavitud una parte notable de su patrimonio cultural.

 

Representacion grafica para invocar a Nzambi, dios supremo, en la cultura Congo.

El centro de su religión era el culto al dios supremo Nzambi Empungo, todopoderoso creador de las dos mitades del mundo: el reino de los vivos y el de los muertos. Fue también el creador del hombre y de la mujer, a los que hizo bajar al mundo desde las alturas, a través de una tela de araña. Sopló en sus oídos para darles la comprensión del todo.

Enseñó a los humanos a vivir en la Tierra, mostrándoles la utilidad de las plantas y las piedras y el gran poder que reside en ellas. Nzambi, personificado y venerado como un ancestro, representa la plenitud del ser humano, reuniendo los atributos masculinos y femeninos.

La tradición religiosa congo insiste también en la importancia de los vínculos entre los muertos y los vivos. Los familiares van a seguir acompañando a los suyos después de su muerte.

De aquí proceden las actuales corrientes espirituales afrodescendientes conocidas como Quimbanda, Mayombe, Regla Kimbisa y Lumbalu. Todas estas  reglas han resisitido desde hace más de cuatro siglos los intentos contiuados de hacerlas desaparecer por parte de las autoridades políticas y religiosas.

 

La construcción de la religiosidad afrodescendiente

Durante la colonización de América, los diferentes contingentes de esclavos fueron mezclados entre ellos, con el fin de quebrar sus solidaridades étnicas y familiares, dificultándoles así la organización de un contrapoder frente a sus amos y obligándoles a abandonar sus lenguas maternas y aprender las de los europeos. Pese a ello, sus habilidades organizativas y su fuerte apego a sus tradiciones les pemitieron conservar una parte muy notable de su herencia religiosa y convertirla en un instrumento de resistencia.

La resistencia a la dominación esclavista tomó distintas formas. La más radical fue el cimarronaje, término derivado de la palabra “cimarrón” que designa al caballo asilvestrado. Los negros cimarrones, en efecto, eran aquellos esclavos que habían logrado escapar de sus amos y constituir pequeñas comunidades en zonas alejadas, como las selvas y las montañas, conocidas según los lugares como palenques o quilombos.

Pero este cimarronaje tomó también formas menos radicales. Una de ellas fue la preservación de los antiguos códigos culturales, a veces bajo una fachada católica.

Su papel histórico ha sido clave como instrumento de resistencia y, ya de un modo más concreto, como un mecanismo para preservar entre los esclavizados un mínimo de dignidad y de autoestima colectivas, frente a la terrible empresa de aniquilación psicológica a la que se enfrentaban

 

Esta preservación de las antiguas tradiciones religiosas exigió de su adaptación a un nuevo contexto, y muy frecuentemente de su simplificación y su redimensionamiento. Tratándose de tradiciones transmitidas de forma oral, el papel de los mayores resultaba fundamental. En este punto, el principal impedimento con el que tropezó su conservación en el Nuevo Mundo consistió precisamente en la juventud de los embarcados, cuyas edades solían oscilar entre los nueve y los treinta años.

Tampoco solían venir en los barcos los sacerdotes y sacerdotisas, las únicas personas con un conocimiento religioso más profundo. Aún así, se lograron preservar fragmentos importantes de la herencia africana. De este modo, los antiguos panteones fueron rehechos, memorizándose generación tras generaciones, los nombres y características esenciales de cada divinidad, así como los cultos y prohibiciones debidos a cada una de ellas.

De igual manera, se logró reconstruir las jerarquías sacerdotales, designándose nuevas autoridades, en razón de su sabiduría y devoción. Gran parte de ello discurrió de manera clandestina, para lo cual pudo recuperarse también la vieja tradición africana de las sociedades de culto secretas.

Tras siglos de persecución y desprecio, las religiones afrodescendientes constituyen hoy en un componente imprescindible del patrimonio cultural americano, cuyo reconocimiento público es cada vez mayor.